‘¿Para qué sirve un oso?’, comedia fallida a costa de la Ecología

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M. J. S. Mayo.- Tal como pintan las cosas, nunca va a sobrar una acertada reivindicación de la importancia de preservar el medio natural, y desde esa idea parece partir está comedia con un particular título, que a ciertos entendimientos hará pensar en un doble juego. Pero no, no va el asunto más allá de la obsesión de un zoólogo porque vuelvan los osos a un precioso enclave de Asturias. O bueno, sí, hay algo más: la historia del reencuentro de dos hermanos que crecieron obsesionados por la Ecología, algún intento de que cuajen un par de relaciones sentimentales, así como un acercamiento a una base en la Antártida. Una suerte de amalgama con vocación cómica que se sostiene a duras penas gracias a la presencia de Javier Cámara y Gonzalo de Castro, que repiten a las órdenes de Tom Fernández, con el que ya trabajaron en La torre de Suso y en la exitosa serie 7 vidas.

¿Para qué sirve un oso?, que se estrena esta semana en el cine Renoir Retiro, tiene un gran problema de guión que hace que casi todas sus escenas funcionen mal. Sirvan como ejemplos su parca inmersión en temas de la Zoología (véase la teoría de las abejas de Einstein) que hace quedar a sus científicos protagonistas totalmente faltos de credibilidad; los diálogos de la tutora que interpreta Geraldine Chaplin como típico recurso para explicar cosas descaradamente y no configurar un personaje; o la facilona historia de la niña que perdió a su padre o la de la pareja joven. Pero también entra en juego la confusa totalidad cómica que quiere adoptar. Se ve que la cinta tiene vocación de ser una comedia absurda, pero desde el principio no sabe configurarla de esa manera, por lo que escenas como la del accidente del hacha son un completo sinsentido.

Con sus irregularidades, la cinta de Tom Fernández pone de manifiesto el difícil arte de hacer comedia: la importancia del tiempo en cada gag y el férreo control del sentido de cada escena en el conjunto del filme. Pero lo que más puede hacer sufrir es la contemplación de un grupo de solventes actores incapaces de defender tales líneas de diálogo. La película queda, por tanto, recomendada solo por las mismas razones que empujaron a su concepción: un viajecito a un bello rincón de Asturias y, como premio, a otro más pequeño a la Antártida.

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