Sólo el 9,3% de los conductores utiliza las radiales

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J. E. Villarino*.- Desgraciadamente, las autopistas radiales madrileñas están de actualidad. De todos es sabido que estas autopistas que se hicieron con la excusa, que no finalidad, de descongestionar las eternamente congestionadas desde mediados de los 60 autovías estatales, han sido un mal negocio para el Estado, es decir, para los de siempre, los contribuyentes y muy buen negocio para las grandes empresas que las construyeron y que como concesionarias posteriores, ante el rotundo fracaso de demanda y por ende económico, quieren ahora devolvernos el muerto.

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Según recoge el digital Madridiario, el Ministerio de Fomento ha emprendido una nueva ronda de reuniones con las constructoras para informarlas de la participación que corresponde a cada una de ellas en el capital de la sociedad que rescatará a la decena de autopistas de peaje en riesgo de quiebra, según informaron fuentes del sector”.

Es evidente que la expresión riesgo de quiebra es un puro eufemismo ya que están más quebradas que aquello de lo que se alimentan unas bellas aves de cuello rojiblanco y alas negras que señorean las altas cumbres. En pleno furor de desarrollismo de mediados de los 90 e inicios de los dosmiles, las constructoras pedían más madera y, vinieran o no a cuento, que no venían, ministerio de Fomento y Comunidad avalaron la idea, cuyo fracaso era cantado.

No hace falta ser ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, ni economista del Estado para saber que poner algo de pago y nada barato precisamente, al lado de lo mismo o muy parecido pero gratis, en este país, con crisis o sin ella, es tanto negocio como la venta de botijos en Groenlandia.

“En virtud del modelo, Fomento dará una participación en esta empresa pública a las empresas a cambio de que aporten a la misma las autopistas que explotan. El objetivo final es reestablecer el equilibrio económico y financiero de las vías para que vuelvan a manos privadas.

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Con todo, el departamento busca evitar que la quiebra de las autopista obligue al Estado a atender la responsabilidad patrimonial que tiene con estas infraestructuras, con el consiguiente efecto en las cuentas públicas.

Entre las vías de pago que se integrarán en la sociedad, participadas en su mayoría por grandes constructoras y concesionarias (FCC, Ferrovial, Sacyr, OHL, Abertis y Globalvía), figuran las radiales de Madrid, la Madrid-Toledo, la autopista que conecta con el aeropuerto de Barajas, la Ocaña-La Roda, la circunvalación de Alicante y la Cartagena-Vera. Todas ellas suman un pasivo de unos 4.000 millones de euros y cinco de ellas están en concurso de acreedores”.

Pues, en estos difíciles tiempos que nos han tocado vivir, primero salvamos a los bancos que nos dieron gato por liebre y ahora salvamos a las constructoras que sabían perfectamente dónde se metían y que iban a hacer el agosto con la construcción y sus reformados y luego, te paso el cubilete con un doble de negras, cuando llega el fiasco de su explotación, para, una vez arreglado el cotarro y saldada la deuda que han acumulado, se las devolvemos, limpias de polvo y paja, nuevamente a las grandes constructoras.

El Estado ya les ha dado ayudas a las constructoras por importe de 473 millones de euros, que apoquinará en Seittsa, la sociedad de Fomento que se hará cargo del engrudo mediante la capitalización de dicha deuda, mientras que las constructoras sólo pondrán, si los llegan a poner, 121,7 millones.

Pero, la pregunta del millón es: vale, ponemos la pasta, saneamos (rellenamos) el agujero y después, ¿qué? Porque el negocio es que no hay negocio, que sólo con un escaso 10% de usuarios no se cubren ni los tobillos de los costes de explotación y mantenimiento. O se dinamitan las autovías públicas, o la cosa no tiene mucha, ni poca solución. Dentro de nada volveremos a estar en las mismas. Claro, que con la máxima de gestión, que aplican nuestros políticos, del “el que venga detrás que arree”, pues, nada, a seguir, que son dos días.

Para finalizar, lo haremos como siempre: quejándonos de que ahora nadie pague por estos desmanes, imprudencias o fechorías y no haya ninguna señoría que pase por aquí y empiece a pedir cuentas, y nunca mejor dicho, a nadie. Me da igual a Arias Salgado que a Cascos o Blanco o Gallardón o el lucero del alba. Otras faraonadas, y vaya usted a saber que cosas más que añadir a los brillantes currículos de nuestros políticos.

* José Enrique Villarino es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF).

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