Metro miente de nuevo

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J. E. Villarino*.- Antes fue negar el largo rosario de incidencias que han venido asolando a los sufridos usuarios, después mentirnos sobre las excelencias y los beneficios de las ventas de material al metro bonaerense, más tarde hablar de los planes de enajenación de suelos de que dispone en Madrid, que nosotros calificamos como la venta de la herencia de la abuela y así…

Según Metro, no existe fraude

La última que quiere colarnos el Consejero delegado, el señor Velayos, es que no se lleva a cabo el plan que estaba previsto sobre los cierres de salida de algunas estaciones para blindarlas del fraude, en base a negar que exista fraude, hecho que pone en boca de los inspectores que llevan a cabo estas funciones, sin asumir el máximo directivo responsabilidad alguna.

Pues sentimos decirle al consejero delegado que nuevamente miente. A nadie que tenga dos dedos de frente se le ocurre pensar y decir que en Metro de Madrid no existe fraude, cuando es un hecho incontrovertible que todas las redes de transporte adolecen de niveles de fraude, por mínimos que sean en algunos casos.

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Al Consejero no se le ocurre otra cosa que justificar la renuncia a adaptar los torniquetes de salida para el control del fraude, dado que éste no existe, en vez de achacarlo directamente a la penuria inversora de estos años.

En efecto, como recoge Madridiario.es, “el Gobierno regional anunció la adaptación de los mecanismos de salida para evitar fraudes, al estilo de los que tiene Cercanías Renfe. Sin embargo, un año después, todavía no se ha instalado ningún mecanismo de control. Según una portavoz de Metro, aunque no se descarta su instalación, no se han instalado los mecanismos porque los interventores de la compañía no han detectado fraude en el uso de los billetes. Además, añadió que las partidas presupuestarias del ejercicio han hecho a la empresa priorizar en otros proyectos, por lo que no se instalarán por ahora”.

Los números del fraude

En Metro de Madrid existen aproximadamente 100 inspectores encargados de vigilar que los viajeros vayan provistos de su correspondiente título de transporte y, una de dos, o estos empleados se merecen una recompensa por lo bien que realizan sus trabajos, que logran que no exista fraude, o bien están ahí porque existe fraude, que sus superiores se niegan a reconocer.

Aunque las empresas de transporte son reacias a dar datos sobre sus niveles de fraude, aduciendo que ello comporta un efecto llamada, según estimaciones de 2013 que recogía Antena3.com, “veintidós millones de personas viajan cada año sin billete en el Metro de Madrid, quince millones no pagan en el de Barcelona”. Dado que en 2013 Metro de Madrid transportó 558 millones de viajeros, es fácil deducir que, como poco, el fraude asciende al 4% del total de viajes de la red.

Porcentajes semejantes tiene la red madrileña de Cercanías que, como recogía El País, reconoce que en 2010 se pusieron 60.000 denuncias por fraude, según una portavoz de la compañía, que no indica el número de inspectores ni ofrece una estimación de los que se cuelan. La razón, la misma: el miedo al efecto llamada. Pero fuentes del sector sitúan la estimación entre el 3% y el 5% de viajes. Si de nuevo lo comparamos con el número de viajeros, supone entre 6 y 10 millones de usuarios al año.

Perder el aprecio de la ciudadanía

De seguir así, Metro de Madrid se juega perder el aprecio que antaño tenían los madrileños hacia esta empresa, la que fuera la más emblemática de la capital.

En vez de encarar los problemas, la actual política de comunicación del metropolitano y la Consejería de Transportes se dedica a ocultar los problemas, enmascarar las incidencias y negar las evidencias, que los usuarios son los primeros en percibir.

El aprecio social de una empresa pública que tiene como misión transportar diariamente a millones de personas a sus trabajos, estudios, ocio, etc. es su principal activo y buena parte, si no la totalidad de este aprecio social, radica en demostrar transparencia ante los viajeros y la sociedad que le proporcionan los recursos para llevar a cabo su misión.

De nada sirve el autobombo de publicitar a Metro de Madrid como el mejor Metro del mundo y que luego la realidad se encargue de desdecir este aserto en las innumerables incidencias diarias de todo tipo, porque ello supone romper el citado pacto de transparencia con la ciudadanía que son las reglas del juego.

El precio del billete, subvencionado o no, requiere por parte de la empresa la prestación de un transporte puntual y en condiciones de calidad suficientes y fiables.

Metro ha emprendido el camino más corto para avanzar, cuesta abajo, hacia un deterioro que se ha iniciado hace tiempo, del que son los primeros responsables los políticos que la gobiernan y nombran a sus gestores del día a día. Las mentiras, es cierto, tienen las patas muy cortas.

*José Enrique Villarin es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF).

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