Madrid y los juegos del hambre

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C. Muñoz*.- Parece que por fin acabaron doce años de pesadilla para los ciudadanos madrileños. Después de tres intentos fallidos, la alcaldesa de Madrid ha anunciado que el actual Ayuntamiento de Madrid no volverá a optar a corto plazo a derrochar nuestro dinero en el macroproyecto de organizar unas olimpiadas olímpicas.

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Nos trataron de convencer, por activa y por pasiva, de que las olimpiadas serían lo mejor para los madrileños, nuestra salvación. Primero fue el mesías Gallardón, quien enfrascado en el proyecto ególatra de vincular su propia persona al proyecto olímpico, convirtió a nuestra ciudad en la más endeudada de Europa. Después recogió el relevo, seguramente empujada por el propio impulso megalómano de Gallardón, Ana Botella, con menos ímpetu y seguridad en el “sueño”.

Fueron doce años de empeño. Y más que sueño olímpico, podríamos denominarlo el sueño del ladrillo, con dos pilares perfectamente ensamblados: políticos y empresarios fundamentalmente.

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Los políticos neoliberales buscaron pan y circo para nosotros. Nos vendieron los brillantes adornos y la magnificencia de unos fastos populares. Deporte y estrellas, televisión y hacer creer a los madrileños que seríamos el centro del mundo. Estos eventos siempre han servido a los gobernantes, desde la más remota antigüedad, para tranquilizar a sus “súbditos”; para darles un espectáculo grandioso que les haga olvidar las miserias a las que les tienen abocados. Vendían humo. Necesitan humo para enturbiar la realidad del hambre y la miseria, del paro y la pérdida de derechos sociales. Grandes banderas y dosis de patrioterismo, ilusión de puestos de trabajo que en realidad serían efímeros y de baja calidad. Estrategia de despiste que les funcionó durante demasiado tiempo.

El otro pilar de las Olimpiadas ha sido el de los constructores. Ellos no han perdido demasiado con las tres derrotas consecutivas en el comité olímpico. Han seguido a lo suyo. Recibiendo de sus amigos los políticos del capital encargos y dinero a espuertas. Han seguido construyendo, pagando sueldos irrisorios, cobrando sobres y recibiendo licencias; ganando millonarios beneficios en la construcción de infraestructuras que irán abandonándose, convirtiéndose en macro-discotecas, y vendiéndose a manos privadas.

Si políticos y empresarios han sido la base de los juegos del hambre, han estado apoyados por las otras partes del Régimen: la familia real y los grandes medios de comunicación, indispensables para dar un último golpe de efecto, para hacernos creer que esas Olimpiadas serían necesarias para la ciudadanía. Hacernos creer que lo que trajo la crisis la solucionaría fue el culmen de la desvergüenza.

Esas élites nos quisieron convencer de que el modelo productivo de los grandes proyectos, eventos pasajeros, construcción de infraestructuras faraónicas era la solución, cuando sin embargo fue el problema durante décadas. La solución pasa por crear un proyecto económico y laboral estable y duradero… ¿o es que ya nadie recuerda la situación de los griegos tras las recientes olimpiadas de Atenas? Paro y miseria para la mayoría, un país endeudado y hundido, pero con unos índices de enriquecimiento de unos pocos millonarios a partir de las obras necesarias para la realización de sus juegos del hambre. Ése es el modelo que Gallardón, Ana Botella, el PP y los empresarios impusieron en Madrid durante los últimos años.

Las anteriores candidaturas olímpicas de Madrid destaparon presupuestos poco transparentes, casos de corrupción que se van destapando (implicaciones en la trama Gürtel, caso Bárcenas, contratos fantasma a la empresa de Urdangarín). Seguramente aún no han salido a la luz las últimas implicaciones de las construcciones olímpicas. Pero sólo con mostrar algunos de los datos conocidos, uno no puede dejar de escandalizarse. En el Madrid del paro y las dificultades para cientos de miles de jóvenes, hemos pagado con nuestros impuestos durante años los excesos de las élites dirigentes. Viajes de lujo, hoteles y comidas, sueldos millonarios de asesores…

Sólo en el último viajecito que les hemos financiado, más de 300 personas formaron la comitiva de la vergüenza que viajó a Argentina rodeados de lujos. Han sido doce años de viajes. Y que el asesor norteamericano Terrence Burns, amigo de la familia Aznar, cobrara entre uno y dos millones de dólares por el discurso del “relaxing cup of café con leche” es sólo una migaja en toda la gran estafa. Se pueden comprobar las partidas que nos robaron a los ciudadanos en los presupuestos de los distritos y que podrían haber sido destinados a los ciudadanos durante años. Lo que nos hemos gastado en doce años de proyectos etéreos ha sido descomunal. Parece que esta pesadilla puede finalizar para los madrileños, pero o los echamos de una vez, o el régimen seguirá ofreciéndonos relucientes proyectos que nos hundirán más y más a la mayoría.

* César Muñoz es Coordinador de IU Retiro y Miembro del Consejo Político Regional de Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid.

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