El verdadero estado del bienestar

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J. A. Plaza*.- En estos días en los que los presupuestos familiares e institucionales están bajo mínimos, y ser mileurista ya no es un problema sino una bendición, están cambiando incluso los parámetros de optimismo económico y eficiencia por los que se ha regido nuestra sociedad en los años pasados.

Hoy es tan impensable que podamos dedicar un 0.7% de nuestro PIB a la solidaridad internacional como que podamos volvernos a gastar los miles de millones de euros que costó cada plan E en reforestar nuestros jardines y mejorar nuestras aceras.

De facto, lo que está ocurriendo es la defunción por partes del estado del bienestar que hemos disfrutado estas décadas de mayor bonanza, y del que tenemos la obligación de salvaguardar sus partes fundamentales.

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Hay que tener en cuenta que tras la Segunda Guerra Mundial el estado del bienestar se instituyó en las democracias occidentales para contrapesar un comunismo en auge que amenazaba con arrastrar a gran parte de la población mundial hacia esa ideología (recordemos que en aquella época el mandamás ruso se llamaba Stalin). Y consecuentemente se creó una clase media que pudiese sustentar ese estado de las cosas con sus impuestos. Toda una maravillosa institución al más puro american way of life.

Sin embargo, con el devenir de los tiempos las economías socialistas han muerto de ineficiencia, por lo que el principal motivo de existencia de este statu quo ha desaparecido; y veinte años después, las economías de este lado del telón de acero están en trance de fallecer de éxito.

Por tanto, una de las (múltiples) lecturas que podemos hacer de la crisis es que en realidad es un cambio de sistema social, en el que en los próximos quince o veinte años se van a reescribir los acuerdos sociales y deberemos estructurar un nuevo pacto entre todos los ciudadanos y nuestros políticos para ordenar la España del Siglo XXI y siguientes.

No podemos seguir manteniendo -porque no somos suficientemente ricos para ello- las partes absurdas de este estado del bienestar que adocenaba conciencias -el Estado te lo da todo resuelto- y, por tanto, debemos cambiar el deporte nacional de conseguir subvenciones a generar eficiencia y riqueza.

Pero sí es cierto que hay partes del bienestar que conviene salvaguardar. Por ejemplo, la igualdad de acceso al sistema sanitario o educativo, pilares básicos de una sociedad evolucionada. De lo que se trata, entre otras cosas, es de variar la forma de financiar el sistema. Estoy de acuerdo con que los ciudadanos paguemos una parte de los servicios que consumen: hospitalizaciones, medicamentos, matriculas universitarias, carreteras… siempre según nuestro nivel de renta y con acceso gratuito a los menos pudientes. Y además con una bajada de los impuestos generales. Así parece que opina también la Unión Europea, que basa sus políticas en “quien consume, paga”. Y quien no consume, no paga.

Por tanto, estamos de acuerdo en que el nuevo contrato social todos aportemos en la medida de lo que consumimos del Estado y en la medida de nuestra renta disponible, pero sin caer en el extremo liberal de los norteamericanos, que no poseen ni siquiera servicios sociales mínimos: ahí están las imágenes de los desastres naturales de los últimos años.

Por tanto, no podemos estar de acuerdo, por coherencia, con las tasas indiscriminadas que gravan el acceso a los servicios sociales sin tener en cuenta los mínimos indispensables a proveer al que menos posee. Impuestos indirectos sí, tasas sí, pero según el poder adquisitivo de cada cual y con menos impuestos sobre las rentas del trabajo.

Por ejemplo, la subida de las tasas de la Justicia, que incluso podría vulnerar el principio de la tutela judicial. Hay que exigir a nuestros dirigentes que sean extremadamente prudentes con este tipo de iniciativas que pueden provocar una división real de la sociedad en pudientes y no pudientes, llegando a (des)tensar la curva de distribución de la riqueza del país y negando la igualdad de trato entre los españoles.

Mucho mejor es el ejemplo que ha dado nuestro consejero de sanidad, Javier Lasquetty, de capacidad de diálogo y acuerdo, de tacto social y de compromiso: finalmente, tal y como enunciamos en Zonaretiro, el Hospital de la Princesa tendrá un servicio especializado en personas mayores y se conservarán los servicios existentes, incluido el de urgencias; amén de mantener puestos de trabajo y tratamientos actuales.

Enhorabuena a todos, menos a los que se empeñaron una vez más en mancillar palabras, exacerbar maniqueamente sentimientos y tergiversar hechos y voluntades. A esos, anda y que les ondulen con la permané, como decían en ‘Las Leandras’.

*Jose Antonio Plaza es vocal vecino de Obras Públicas de la Junta Municipal de Salamanca y Jefe de Área en la Consejería de Transportes e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid.

 

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2 Comentarios

  1. Estimado señor Plaza. Encuentro (como de costumbre) muy interesante su columna, pues me permite siempre contrastar mis ideas con las suyas. Así pues, empiece la fiesta: me asombra que se califique la caída del socialismo tras el famoso telón de acero por ineficacia (añadiría corrupción e incapacidad, cosas del alegre genocida del bigote y sucesores) y se describa lo sucedido en la parte oeste en la actualidad de “muerte por éxito”. Si lo analiza detenidamente, creo que podremos ver muchas ineficacias (por decirlo suavemente) en nuestra crisis, tanto políticas (con planes E, radiales…), o económicas (¿para qué servirían los magníficamente bien pagados consejeros de Bankia? Por favor, evite mencionar puntas de pistola de nuestra ex-lidersa, se lo ruego). El éxito… no termino de verlo.
    Me parece peligroso el matiz de “el que consume paga” en nuestra sociedad, pues se puede acabar aplicándolo a Sanidad y Educación (no le acuso de nada al decirlo). Es curioso como en Estados Unidos intentan aplicar un sistema sanitario que en España parece ser que queremos defenestrar (se nos va el Consejero vasco de Salud para los USA como asesor externo el señor Obama, mireusté).
    Como no puede ser de otra forma, reciba un cordial saludo.

  2. Gracias por su amable comentario, señor Charlespeich. El articulo solo trata de argumentar que el estado del bienestar, que ha proporcionado un nivel de vida mas alto a los occidentales que a sus congeneres de paises socialistas, está en peligro. En peligro porque no podemos dar servicios sociales a troche y moche porque la gente no los valoramos y además se abusa de los mismos. ¿no conoce usted ningun caso de turismo sanitario? porque mi esposa en el paritorio era la unica española, mire por donde y valga como ejemplo. Y claro que hay que pagar por las cosas, incluso por sanidad y por educación, eso sí, un par de euros para, simplemente, que no se convierta el ambulatorio en el sitio donde pasar la tarde o para que se sepa que las cosas cuestan al Estado, que somos todos. Y por supuesto gratis para los menos pudientes para que todo el mundo tenga acceso en igualdad de oportunidades a lo básico. Y los americanos, como nosotros, buscarán una cosa intermedia entre su liberalismo salvaje (que yo mismo critico si lee mis articulos) y el vivalapepacaféparatodosqueinvitazapatero de los españoles. En el medio estará la virtud, supongo.

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