Limpiar el Distrito de Salamanca, siete millones al año

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J. A. Plaza*.- Ya lo decía el Sr. Churchill, Don Winston: el gin-tonic ha salvado más vidas que todos los psiquiatras ingleses juntos. Nada que objetar al respecto (de hecho me confieso devoto de San Hendricks), siempre que el consumo se haga de forma responsable y nunca antes de conducir. Sin embargo forma parte del consumo responsable, como nos enseñó nuestra mamá, recoger después lo ensuciado. Me estoy refiriendo a la sensación de abandono y de suciedad que se transmite cuando los vecinos cruzamos por las denominadas “zonas de botellón”: Parque de las Avenidas, Parque de Gregorio Ordóñez, etc., que como paisaje tras una batalla, los fines de semana amanecen sembradas de restos apócrifos del combate nocturno entre muchachada y alcohol.

Lamentable para los vecinos, lamentable para la ciudad. Ya no les quiero contar si además el rito del consumo se descontrola y más en zona vecinal; los gritos, las peleas y las deyecciones inapropiadas aseguran la molestia para la vecindad. ¿Se han preguntado alguna vez por qué muchos vecinos se dirigen al Ayuntamiento para solicitar la retirada de los bancos que hay en la calle? Pues precisamente por esta razón, para evitar que se haga botellón bajo su ventana (¡qué gran tema de debate para los maliciosos!).

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Ya se puede gastar dinero el consistorio en empleados, motocacas y otros artilugios ad hoc para la limpieza, que cada semana vuelta a empezar con la misma historia. Y qué decir de las pintadas y los grafittis que amparándose en las formas de expresión juveniles maldecoran nuestras paredes con nocturnidad y alevosía.

No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia, decía el refranero. Tengan en cuenta, estimados vecinos, que el coste de la limpieza de nuestro distrito cuesta alrededor de siete millones de euros cada año. A estos hay que sumar en la ciudad otros diez millones largos para limpiar el millón y medio de metros cuadrados anuales emborronados por los juveniles desahogos pictóricos vía spray. Hay que recordar que la partida presupuestaria del Ayuntamiento de Madrid para limpieza ciudadana ronda los 200 millones de eurazos anuales. Dinero que gasta el Ayuntamiento, pero que pagamos todos; no se nos olvide que las cosas no son gratis. Y tengámoslo presente hoy más que nunca, cuando hay que reducir los gastos corrientes y de mantenimiento al mínimo para poder atender otras demandas sociales por desgracia más acuciantes.

A menudo recibimos quejas y proposiciones en la Junta Municipal de Distrito que podrían solucionarse sólo con poner un poco de cortesía, cariño y respeto por los demás. Así, por ejemplo, se ha avanzado mucho en la recogida por los propios dueños de los excrementos de sus mascotas. Éstas siguen regalándonos lo mejor de sí mismas, pero la amabilidad de sus dueños impide la proliferación de estas flores tan urbanas, de lo cual nos alegramos. Cierto que persisten otros problemas, como el de alimentar a las palomas y otras faunas autóctonas, pero parece que éste cotiza a la baja. Igualmente descienden las denuncias por circular en moto por las aceras, causa de algún que otro disgusto.

La ciudad puede ser más o menos hostil, pero los que la hacemos más habitable somos los propios ciudadanos. Ceder el paso en un cruce, ayudar al anciano en el supermercado, evitar que el niño ajeno cruce por donde no debe, reprender al ensuciador, respetar el carril ciclista, recoger el natural llamado de nuestro perrito… son actos que no nos cuestan dinero ni recursos pero que reportan grandes dividendos a la convivencia y al disfrute mutuo. Las teorías económicas clásicas preconizan que una vez cubiertas las necesidades personales de cada uno, nadie es indiferente al bienestar ajeno, lo que se traduce en eficiencia social. Pues eso, hagamos que la teoría se convierta en realidad, empezando por la parte de la educación que nos corresponde a los padres para proyectar en nuestros descendientes la urbanidad que siempre ha caracterizado a los madrileños, tierra de acogida por excelencia.

*Jose Antonio Plaza Rivero es vocal vecino de Obras Públicas de la Junta Municipal de Salamanca y Jefe de Área en la Consejería de Transportes e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid.

Ilustración: Patri Tezanos (Zonaretiro.com)

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9 comentarios

  1. Pues si señor, “no es más limpio el que más limpia sino el que menos ensucia”.
    ¿Y como conseguimos ensuciar menos? Evidente: educación.

    No vendría mal que se hicieran campañas publicitarias que educaran a los desaprensivos. Pero lo mejor sería invertir más en enseñanza, cultura y educación que es la mejor inversión que se puede hacer.

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  2. Toda la razón: No solamente es mas lipio el que no ensucia, sino el que procura que sus vecinos no ensucien. Si todos los que vemos a alguien haciendo de las suyas en la propiedad común, cosas que nadie haría en su salón, otro gallo nos cantaría. No tengas en tu haber cosas que otro no tendría en su debe, que decía uno de mis profesores. O sea, que la educación, sí, pero si nos la dieran en la familia, eso que existía antes de los miembros y las miembras, podría ser que no hiciesen falta campañas de concienciación de la limpieza. Si Educación para la ciudadanía fuese lo que su propio nombre indica, tendríamos los chavales mas limpios de Europa y Madrid reluciría por las esquinas. Sin embargo, convengo con Miguel A. en que un esfuerzo en este sentido, con crisis todo, no estaría de más. A ver si lo vemos, señora Botella!

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  3. Completamente de acuerdo con Jose Antonio Plaza. Sin embargo, que conste que el botellón no es culpa de nuestros jóvenes, que se divierten como pueden, sino de los adultos que no sabemos como proponerles alternativas. Al final, cada uno se divierte como puede y punto. No obstante, la partida de limpieza no creo que se pudiese reducir demasiado: barrido de calles, riego de las aceras, limpieza de esas flores (que buen símil, ja, ja, esto es un florero, ja, ja) papeles…necesitan gente que lo recoja sí o sí. Quizá era mejor invertirlo en polideportivos. Aún así, de acuerdo, cualquier ahorro en estos tiempos es saludable. Buen articulo, me ha divertido leyendo las verdades.

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  4. El Sr. Plaza no defrauda, un artículo que “da en el clavo” sobre la CAUSA de todos estos desmanes: la educación. Lo que siempre se ha llamado urbanidad, que no hace falta andarse con remilgos y llamarlo “Educación para la ciudadanía”. A todos nos gusta una buena fiesta, o por lo menos a mi sí, pero

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  5. …en nuestras familias nos han enseñado que “nuestra libertad acaba donde empieza la del prójimo”. El respeto, tanto a los demás como al entorno que compartimos e fundamental para la convivencia vecinal.

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  6. No, no, si estamos de acuerdo, no vale tanto la pena comprar retiracacas siderales como educar a “la muchachada”. Pero al final si no hay familias que den valores a sus hijos, eso que ahora no está de moda, ya podemos hacer campañas de concienciación todas las que queramos, que no van a dar resultado. Y otra cosa, Plaza, la recogida de excrementos de los perros sube cuando hay papeleras dispensadoras de bolsas sanitarias cerca. O sea, que menos tecnología y mas reparto de simples bolsitas puede dar buenos resultados también. Y es más barato.

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  7. Creo que unánimemente, Sr. Plaza, estamos de acuerdo con usted: la educación consigue rebajar el precio de una contrata de limpieza mucho más que el “apriete” final del comparativo de turno… Ojalá dentro de veinte años podamos ver que el presupuesto de limpieza en Madrid tiene la misma cifra que hoy en día sin necesidad de ajustar IPCs. Habrá sido el triunfo del civismo y la educación.

    … Y las arcas municipales gozarán de algo más de salud…

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  8. Amigo José Antonio, has dado a mi parecer en la claves del asunto: Una, EDUCACIÓN para ser un mejor ciudadano (no confundir con “Educación para la ciudadanía”) y dos, CONCIENCIACIÓN para que no se nos olvide que las cosas no son gratis. Estos dos principios se inculcan desde la cuna, es decir en el seno de la propia familia, por lo menos en mi caso ha sido así… El problema que tenemos en este país, por una parte, es la falta de capacidad de empatizar (mucho/as no saben qué significa la palabra en sí, pues imagínate el ponerla en práctica) y, por otra parte, la confusión que se tiene con los términos libertad y libertinaje… En definitiva, se trata de tener claros unos conceptos y principios que sí que tienen claros otros muchos países no tan lejanos geográficamente pero sí en mentalidad…

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  9. Trabajo en el Barrio de Salamanca y la verdad me parece un barrio limpio, pero una de las cosas más horrorosas y que más ensucian nuestras calles son los chicles. Tendrían que prohibir el consumo de chicles, como en Singapur que está prohibida la venta y el consumo de chicles y vas por la calle y no ves ni una sola mancha de esas que se forman.Tampoco ves colillas, pero es verdad que cada 10 metros tienes un cenicero. No es que tengamos que llegar a esto, pues bastaría con que la gente desarrollará en la calle conductas similares a las que hace en su casa (nadie pega el chicle debajo del sillón, ni tirá la colilla en el suelo del baño…..). Pero somos muy relimpios para nuestra casa y superguarros para fuera.
    Por eso, prohibir por prohibir, no creo que sirva para mucho, es mejor concienciar a la gente desde pequeños (que también es difícil).

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