Monacato y medioambiente (I)

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J. E. Villarino*.- El monacato comparte la preocupación para con el medioambiente, como pueda hacerlo la sociedad civil, las instituciones especializadas, los ecologistas, etc, de una manera, si se quiere, más sutil, no declarada, pero por ello, no menos comprometida. Porque su estilo de vida, que surge de sus propios genes monacales, lleva la impronta del respeto por las personas -la visión cristiana del prójimo- los animales -San Francisco y la hermana Clara dixerunt- y la naturaleza -Fructuoso, otra vez Francisco, etc-. Compatibilizan, sintetizan bien lo de hacer el menor daño posible a todo lo propio o ajeno.

Sabido de todos es que los monasterios se localizaban, a media o baja ladera de solana, con la orientación apropiada para que los rigores de la invernada fueran menos, a la vez que pudieran disponer de alimento para la comunidad, extraídos de las huertas, inseparables de todos y cada uno de los monasterios, grandes o pequeños.

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Un ejemplo paradigmático de lo que digo es la Ribeira Sacra gallega, que cuenta con un sin fin de antiguos cenobios monásticos repartidos por las laderas de los cañones que forman, antes y después de encontrarse el río Miño y su afluente el Sil. Allí se especializaron en una explotación de ricos caldos vinícolas, cuyas cepas colonizaron las laderas, haciendo que la recogida de la cosecha fuese siempre un difícil ejercicio de equilibrio.

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Los monjes no hacían estas cosas porque tuviesen una conciencia ecológica, que la tenían, sino porque sus conocimientos y su experiencia así se lo dictaban. Lo hacían por pura eficacia y eficiencia, que se derivan también de sus principios religiosos y vitales. Les venía marcado en su propios genes colectivos, a través del conocido lema del “Ora et labora”. Tenían delante de sí muchas horas que dedicar al rezo y los cánticos, amén de otros trabajos -reparaciones, encuadernación, miniaturismo, etc- , y por tanto, necesitaban ser eficientes en sus explotaciones agrarias, aunque contaran con familias anexas que les ayudaban en estos menesteres. De su huerto y su trabajo eran capaces de sacar un sin fin de productos: el primero, el vino y los licores de todo tipo derivados, la repostería que nutría las casas de nobles y la realeza, una variada producción hortícola y frutícola, según la localización, que salvo su escaso autoconsumo, estaba dedicada a la comercialización con la que financiar el mantenimiento de sus grandes instalaciones, la creación de nuevos monasterios en otras latitudes, y sus contribuciones de índole caritativa.

Lo malo de esto, es que los centros monásticos, son hoy día oasis en medio de la vorágine de la civilización actual y su ámbito de influencia, excluido lo benefactor hacia personas concretas que se acercan a ellos para alcanzar un mayor bienestar espiritual, suele ser reducido, muy pequeño.Eso sí, quedan como testigos relictos de unas reglas de comportamiento, en este caso, medioambientales, que ya quisiéramos los que vivimos extramuros de sus monasterios y que, en todo caso, frente a tanta destrucción de valores, pueden quedar para ejemplo de nuestros hijos y nietos, siempre que puedan subsistir a una plaga mortal que les amenaza hace tiempo, llamada envejecimiento de su demografía.

Sólo el rescate de los valores, no ya solamente religiosos, sino humanísticos, artísticos, éticos y medioambientales que han llevado a la práctica y transmitido por los siglos de los siglos, pueden volver a llenar las salas capitulares y los refectorios de jóvenes monjas y monjes, que sigan laboreando laderas de viñedos y cantando a Dios ocho veces al día.

*José Enrique Villarino es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF).

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