XII Legislatura: ¿vuelta a las andadas?

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J. E. Villarino*.- A tenor de lo que van avanzando las encuestas y lo que dicta el sentido común, el 27 de Junio -esa cursi manía que algunos tienen de decir 20-D, 27-J, etc- nos podemos encontrar en la misma tesitura electoral que el pasado 21 de diciembre.

Las opiniones consecuencia de grandes números no se bambolean de allá para acá de la noche a la mañana o de un cuatrimestre a otro. Por mucho escándalo, por mucha labia, por mucho mitin, la parroquia no mueve el trasero fácilmente.

He dicho “parroquia” intencionadamente porque, en esta España nuestra, los partidos políticos siempre han sido algo más que la mera agrupación de personas para defender unos intereses comunes. Son parroquia más que otra cosa.

El paisanaje que vota es del PP, Psoe, IU… como se pueda ser del Madrid, el Barcelona o el Depor, de Lugo o de Colmenar del Arroyo, y se mueven de sitio solamente aquellos que están en los bordes ideológicos o no saben y no contestan en las encuestas demoscópicas.

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El bipartidismo nominal, no el de verdad, se rompió por la sencilla razón de que antes eran dos grandes partidos y, de la noche a la mañana, aparecieron otros dos partidos por los flancos de la izquierda y el mal llamado centro. El bipartidismo de verdad sigue tal cual si bien con algunas variaciones. Me explico.

En este país se es o azul o rojo. Lo que ocurre es que según soplen los vientos en ocasiones hay más azules-azules que azules desvaídos. O rojos-rojos que rojos carmesí. Incluso los hay que se han desvaído hacia el magenta -al que lo suicidó Rosa Díez- o el naranja amarillento, como en aquella insuperable cinta del genial Summers titulada ‘Del rosa al amarillo’, que se ha erigido en el árbitro del partido.

Escaño arriba, escaño abajo, presumiblemente vamos a estar en las mismas, salvo que Ciudadanos y PP suban en los escaños que obtuvieron en diciembre y puedan alcanzar una mayoría relativa, con la anuencia, como ya fue habitual no hace mucho, de los nacionalismos, que no están precisamente en su momento menos asilvestrado. De no ser así, vuelta la burra al trigo, aunque con posibles novedades.

La novedad de esta XII legislatura puede estar en lo que ya comentamos hace alguna semana, es decir, el sorpasso del comunismo de Podemos + parte de IU a la antigua socialdemocracia, que no es precisamente lo que le gustaría liderar a Pedro Sánchez, que erre que erre querría casarse a toda costa con Pablo Iglesias y al que sólo le ata el dogal del Comité Ejecutivo de su partido.

Visto lo visto, para salir de este damero maldito, sin forzar cualquier otra solución de dudosa constitucionalidad, no cabría otra que llegar a un pacto mínimo de reforma de la Constitución en lo que a la arquitectura electoral se refiere e implantar un sistema a doble vuelta, cosa que a los partidos hoy todavía pequeños no les haría gracia alguna.

Por otra parte, volviendo a lo ya dicho del rojo y el azul, no es que lo diga yo. Es que se palpa en el ambiente.

La llamada transición democrática y paradójicamente el largo franquismo, encubrieron las banderías de la preguerra y la post guerra civil y todo el mundo daba por hecho que la guerra civil española era un capítulo histórico al que los españoles habían dado la espalda y el cerrojazo.

Nada más lejos, hasta que llegó un político irresponsable llamado Rodríguez que volvió a encender todas las mechas habidas y por haber y que, por carecer de ideas, no tuvo otras que dedicarse a hurgar en las heridas que solo cicatrizan tras alguna centuria que otra.

Por si ello fuera poco, coincidió el detonador de la crisis brutal de la que no se enteró, que todavía nos sacude y que voló por los aires a una amplia clase media y que expulsó a tres millones de personas de llevar una vida con una cierta holgura y una mínima seguridad económica. Nunca un gobierno estuvo compuesto por un director de orquesta tan nefasto y tanto incompetente como concertinos. En el Estado, las autonomías y los ayuntamientos.

Hoy se masca la división entre españoles entre los azules y los rojos, que ya no significan unos y otros la derecha y la izquierda respectivamente. Derecha e izquierda forman parte hoy día de un mosaico ideológico más amplio. Ser hoy rojo o azul es ser, más que pensar en rojo o azul. Es un estado de ánimo, una cuenta pendiente, una revancha, un prejucio.

No nos damos cuenta de que ninguna de las ideologías de antaño que incendiaron a ambos bandos ya no son válidas para hoy; ya no sirven, salvo para caminar hacia el precipicio, la confrontación y la miseria económica.

Nuestra política, entendida como la organización de la sociedad para la resolución de nuestros problemas no servirá para nada, aunque la arquitectura constitucional y el edificio del Estado sea magnífico, si las personas que llegan a las responsabilidades públicas no tienen mejor formación y mayor competencia profesional.

Este problema nos remite a otro previo que es la naturaleza de los partidos políticos y los fines a los que sirven. Hoy por hoy, la política es el objetivo de bastantes gañanes, ambiciosos y gente con pocos escrúpulos. Precisamente por ello, los partidos políticos se han convertido, casi en exclusividad, en una maquinaria de dar empleo a los suyos y, precisamente por ello también, derivan en máquinas de producir corrupción a manos llenas. Todos.

Pero es que, además, lo rojo le ha comido la moral a lo azul. Nunca mejor dicho lo de comer la moral, ya que lo imperante es que moralidad es igual a izquierda, a rojo. Se han dejado comer la moral y la única moral políticamente correcta es la roja, que fomenta todas las mentiras que se han vertido sobre el régimen del 78.

El régimen del 78 ha propiciado que un exfalangista lo pariese; que un príncipe impuesto como rey a dedo que cuando llegó al poder con las leyes que perjuró, se dedicó a que le hicieran una fortunita como comisionista; que un grupo mediático contase más mentiras que Pinocho, a la vez que contribuyó a aupar a unos social- demócratas de última hora que se corrompían mientras permitían al payés trincar dinero a dos manos para la colla familiar y que un sistema liberal-conservador corrompido hasta las trancas ya en tiempos de Aznar, Rato y Rajoy se haya desdicho de su ideología. Y para rematar, ha propiciado que el ya susodicho nefasto Rodríguez haya avivado con sus leyes ideológicas, cargadas de odio memeces y revanchismo, el divorcio de las dos Españas.

¿Bendita Transición?

* José Enrique Villarino es economista y consultor, experto en Transporte y columnista de Zonaretiro

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