El hombre unidimensional

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J. E. Villarino*.- Allá por mediados de los 60 estudiaba yo Economía y por entonces hacía furor en la universidad un libro del pensador norteamericano Herbert Marcuse titulado ‘El hombre unidimensional’ (One-Dimensional Man: Studies in the Ideology of Advanced Industrial Society. Beacon Press.1964), un libro subversivo para los cánones intelectuales entonces al uso y una aguda crítica a los sistemas imperantes: el imperialismo americano y el comunismo soviético, ambos con sus respectivas constelaciones satelitales.

Según el autor, ambos sistemas daban lugar a un universo unidimensional, con sujetos con “encefalograma plano”, donde no existía la posibilidad de crítica social u oposición a lo establecido. “Este hombre unidimensional carece de una dimensión capaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu. Para él, la autonomía y la espontaneidad no tienen sentido en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas”.

Va para cuatro años y Rajoy no se ha salido un milímetro de su partitura que machaconamente sólo tiene un acorde: economía, más economía y de postre requeteeconomía. Como músico sería peor que como político. Que ya es decir.

En realidad, Rajoy puede que lo que sea es un buen funcionario, aunque poco ha ejercido de tal. Puede que sea ordenado, puede que bien mandado, aunque ahora es casi el que más manda, seguro que buen marido y buen padre. Está adornado con cierta retranca gallega, de la que hace gala en los círculos íntimos y cuando necesita salirse por los cerros de Úbeda, territorio que frecuenta asiduamente y ante las preguntas que le incomodan, que suelen ser casi todas. Es un hombre unidimensional donde sólo tiene grabado en su frontispicio la palabra economía.

La política, hasta cuando estaba en la oposición, no ha sido su plato fuerte. Carece de cintura política y tiende a dejar que el tiempo le resuelva los problemas, salvo los que son de naturaleza crematística, al igual que hacía su paisano el general que, a pesar de ser el que más mandaba, aconsejaba a sus interlocutores que no se metieran en política. Hay que reconocer, no obstante, que la herencia que le dejó su antecesor, ha sido, es y seguirá siendo morrocotuda.

En política, lo tiene todo empantanado. No ha tocado la ley electoral porque no quiere que se forme ningún guirigay con los nacionalistas para ponerlos en su sitio a través de los votos que deberían corresponderles, tampoco quiere cambiar un sistema que favorece con los restos a los partidos mayoritarios y que expulsa a elegidos de los partidos medianos y pequeños.

Prometía que iba a quitar las manazas de los políticos de la judicatura, y si te he visto no me acuerdo. Tampoco le interesa reformar el sistema de elección de jueces y magistrados al poder judicial heredado de otro ínclito: González. Desde que el “emérito” Guerra dijo aquello de la separación de poderes, éstos no se han separado mi un milímetro.

Se le eriza el vello cuando oye hablar de reducir el aparataje del estado. No ha tocado ni un ápice de la burocracia de las autonomías, ni de los ayuntamientos, ni quiere reducir su número, ni de las diputaciones, ni organismos autónomos, ni empresas públicas, ni entes de todo pelaje, ni fundaciones. Un día salió la vicetodo y dijo que lo que habían hecho es reducir burocracia por valor de 18.000 millones y ahí quedó todo. Nadie dijo nada, ni pidió explicaciones. Hasta hoy.

Para qué hablar del aborto y ese ir y venir de la manida ley de la reproducción… título cursi donde los haya que engendró el ignorante que le precedió. Tiene a un porcentaje de su electorado más cabreado que una mona por este tema, que para muchos no es negociable ni tema objeto de pasteleo. Ha incumplido lo que decía en la oposición, se cargó a Gallardón, acaba de desautorizar al nuevo, al que ya ha quemado. Va y viene sin rumbo ni criterio.

Lo menos que se le puede decir respecto de su actitud con los secesionistas es que ha sido un templagaitas. Ha permitido que no se haya cumplido la ley y ha mirado para otro lado en el referendum catalán de la señorita pepis, en la educación en castellano, en el cumplimiento de la ley de banderas y enseñas nacionales, etcétera.

Le preguntaron qué haría si se pita al Himno Nacional y al Jefe del Estado en la próxima final de copa y nos cuenta, con un rostro de cemento armado, otra de los cerros de Úbeda. Y se queda tan pancho y la clase política y periodística tres cuartos de lo mismo. Era para vetarle en toda comparecencia pública para que se vaya a reír de su tía.

Ha logrado poner a todos en su contra. Incluso a los más allegados que diariamente le pelotean agradecidos. Más de la mitad de los militantes y de los cargos del partido echan pestes ya que ven cómo se aproxima el día en que tendrán que dejar sus mamandurrias e irse a la calle y sólo unos pocos a la oposición.

No quiere cambiar un ápice las cosas y como el flautista de Hamelín camina al frente de sus huestes camino del río para ahogarse en un piélago de votos enemigos. Cuando no haya mamandurrias para todos se va a producir la desbandada, de la que la que actualmente se lleva a cabo en UPyD parecerá un juego de niños.

Los presidentes de gobierno suelen empezar a enloquecer a mitad de su segunda legislatura. Rajoy lleva ya tiempo enrocado en su castillete económico y nadie de los suyos se atreve a decirle que el presidente camina en cueros políticos camino de un precipicio, léase el cementerio del Consejo de Estado o la Registraduría de la Propiedad de Santa Pola.

* José Enrique Villarino es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF).

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