Adiós, profesor Sampedro

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J. E. Villarino*.- A través de estas líneas, hoy breves pero intensas de emoción, quiero mostrar mi pequeño y humilde homenaje de urgencia al profesor y escritor José Luis Sampedro, fallecido hace pocos días. José Luis Sampedro fue, más que profesor mío, maestro a la antigua usanza, al igual que Luis Ángel Rojo, Enrique Fuentes Quintana, Juan Velarde, José Castañeda, Gonzalo Anes, Ramón Tamames, y otros muchos ilustres economistas y pensadores, de aquellos años 60 de revolución y sueños, que ahora me dejo en el tintero, porque la memoria ya no es la que fue.

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Foto: G. Bravo

José Luis Sampedro brilló en la economía y en la literatura, sus dos grandes aficiones, pues eso eran para él. Disfrutaba explicando Estructura Económica y disfrutaba escribiendo. De una y otra disciplina nos ha dejado huellas indelebles.

Como economista, siempre mostró una independencia a prueba de toda resistencia y una radicalidad con los tópicos al uso y los convencionalismos imperantes en aquellos años. Para él, la economía era algo más que un conjunto de técnicas y fórmulas de inintelegibles cálculos. La economía no era una disciplina en el más puro sentido escolástico, sino una herramienta y un catalejo para observar las estructuras dominantes y las injusticias, de todo tipo y de todos los lugares. A varias generaciones de discípulos nos decubrió la cruda realidad de la miseria planetaria en su obra ‘Las fuerzas Económicas de nuestro tiempo’, y aquellos tiempos eran los mediados e incios de los años 60 y 70.

Como él mismo dijo, “hay economistas para hacer más ricos a los ricos, y economistas para hacer menos pobres a los pobres”. Él fue de los segundos, aunque tuvo que trabajar hasta en la banca y con banqueros para sacar adelante a su familia. Podría haber sido un perfecto y brillante funcionario de Aduanas, cuerpo especial perteneciente al Ministerio de Hacienda, pero prefirió ser consecuente con sus inquietudes y, luego de estudiar Economía, naciente disciplina por aquel entonces, dio rienda suelta a su vocación docente, una de ellas, además de la de pensador y escritor.

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De la literatura, su otra pasión, poco puedo decir ya que no soy experto, pero ha acrecentado la literatura española con páginas inolvidables. Escritor de paisajes y paisanajes, hizo inolvidables a aquellos olvidados gancheros del Alto Tajo de ‘El Río que nos lleva’, junto con sus primeras experiencias de ‘Congreso en Estocolmo’. Más tarde se consagraría como escritor con sus obras ‘La sonrisa etrusca’, ‘Octubre, octubre’ y siguientes, en los que se mete entre los pliegues del alma humana, como observador curioso e imparcial.

José Luis Sampedro fue, además de un fino irónico, sobre todo, un curioso. Curioso de todo y por todo. A ello nos animaba a nosotros. A no tragarnos nada por el envoltorio más o menos atrayente. A profundizar en todo aquello que leíamos, estudiábamos o veíamos, y contrastarlo con los ojos de la razón y las emociones, a ser independientes, libres, humanos, compasivos.

Permitidme, amigos lectores, que en estos momentos de pasmo os diga: joder, se nos van los mejores y nos quedamos huérfanos, por si poca orfandaz tuvieramos a nuestras espaldas, desolados, chapoteando en esta mierda. Ahora más que nunca eran necesarias personas como José Luis Sampedro en nuestra sociedad. Nos hacen falta referentes a los que volver la vista y ver lo que nos dicen, cuando todo en derredor nuestro se torna oscuro y negro, cuando la política se enfanga, las instituciones se pervierten, los máximos responsables se encallanan, y la Economía se torna en una banda de saqueadores de sus inertes y desvalidos semejantes.

Gracias, profesor, por su docencia, por su ejemplo, por sus libros, y por dejarnos compartir sus pensamientos, al tiempo que las lágrimas se me escapan cuesta abajo del alma. Adiós, profesor. Hasta siempre.

Su alumno del curso 1967-68.

* José Enrique Villarino es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF).

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1 Comentario

  1. Muchas gracias por este pequeño homenaje, al que me sumo aunque no gocé de sus enseñanzas. Sí se nos van los mejores. Ahora quedamos nosotros. A ver si podemos materializar algunos de los ideales que llenaron su vida.
    Me permito de paso decirle: ¡Villarino, es usted una caja de sorpresas!

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