Querido Francisco Nicolás

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J. E. Villarino*.- Hay veces que eso tan manido de que la realidad supera a la ficción es cierto. Menos mal que entre tantas tarjetas negras, tanto coñazo de la casta secesionista catalana y tanto Ébola, surge una noticia entretenida, adjetivo que de jóvenes adjudicábamos a aquellas películas que, sin gran sustancia, nos hacían pasar el rato.

La noticia es graciosa, divertida, incisiva, sorprendente y hasta moralizante. Como ustedes ya sabrán, se trata de un joven de no más de 20 años que lleva tiempo codeándose con las más altas magistraturas de la política y el Estado. Sin cortarse un pelo, en desayunos de foros económicos, en presentaciones, en la FAES, en recepciones palaciegas y, asómbrense, sin desentonar ni un pelo. Todo lo contrario, más chulo y elegante que un San Luis.

El mocito, que responde al nombre de Francisco Nicolás, se ha hecho en poco tiempo un álbum fotográfico que para sí ya quisieran la mayoría de nuestros políticos en activo. Tiene fotos con los Reyes, con el nuevo comisario europeo Arias Cañete, con secretarios de Estado, con Aznar, con Esperanza Aguirre y nadie sospechaba nada, ni parece que tampoco desentonaba nada.

Hace falta ser listo para colarse en tanto sarao sin que ningún servicio de seguridad lo haya advertido hasta hace poco, ni tampoco los asistentes -la mayoría con el colmillo retorcido- advirtiesen la presencia del intruso. No diría yo que hace falta jeta. No, no es un problema de jeta, es un tema de sagacidad, de listura, de echarle más valor y arrojo que el Guerra.

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Y hablando del Guerra, no del torero, sino del “mienmano” del susodicho, lo de Nicolás deja a uno de los primeros mangantes conocidos de esta nuestra transición a la altura del betún. Con un hermano vicepresidente del gobierno y un despachito a la entrada del palacio de San Telmo, así cualquiera. Nicolás, no. Nicolás a calzón quitado o a pecho descubierto, como ustedes prefieran.

Ya se empieza a hablar de conspiraciones, de si se trata de una mano que mueve los hilos del muchacho, para ocultar algún trapicheo y utilizarle en beneficio propio. Puede que sea así, y la justicia deberá desvelarlo, pero en cualquier caso se trata de un chico deslumbrado por el aparataje y los oropeles del poder que ha decidido adelantarse y hacer lo mismo que ve hacer a sus mayores. Es decir, todo tipo de tropelías, pero a lo inocente. Bueno, a lo inocente hasta ahora, porque el chico ya empezaba a apuntar maneras en eso del trasiego de billetes. ¿Billetes de quién?

Recoge el diario El Confidencial que “cuentan sus más íntimos que su máxima aspiración era llegar a ser algún día como Alejandro Agag, y lo cierto es que iba camino de conseguirlo. Agag también fue como él estudiante de CUNEF, y terminó casándose con la hija del presidente del Gobierno”.

Afirma el forense que le reconoció que Francisco Nicolás sufre un “delirio megalómano”. Pero es la jueza que instruye la causa la primera que tiene la mosca detrás de la oreja de que algo así haya podido ser perpetrado por una sola persona. “Vaya por delante que esta instructora no acierta a comprender cómo un joven de 20 años, con su mera palabrería, aparentemente con su propia identidad, puede acceder a las conferencias, lugares y actos a los que accedió sin alertar desde el inicio de su conducta a nadie, por muy de las Juventudes del Partido Popular que manifieste haber sido“, afirma el auto.

Pues, sí, Señoría. Lo mismo me pasa a mi. Según parece, y avalan los hechos, basta un poco de labia, un traje con corbata y ser un poco echado palante para entrar en los círculos del poder y poco a poco la cosa va inflándose como un soufflé y marcha sola.

Seguro que su Señoría no hará caer sobre Francisco Nicolás todo el peso de la ley, porque poca ley hay que pueda caer sobre él. Hasta ahora no es delito colarse en actos públicos, sino sagacidad y astucia. Tampoco parece delictivo tomar formas y maneras de quienes son los protagonistas de los saraos, en un claro afán imitativo, ni hacerse pasar por quien no se es, porque si no habría que llenar las cárceles de exministros, exministras, presidentes y un larguísimo etcétera con currículos trucados. Y si hablamos de trincar, ni se sabe, como es evidente.

Que nadie se rasgue las vestiduras. Que la cosa no es para tanto. Francisco Nicolás es soólo un joven jugando a aprendiz de brujo que ha hecho, ni más ni menos, lo que ve hacer a los mayores. A esos mayores que él parece tener en un pedestal y que, a partir de su paso por el calabozo, quizá cambié de opinión y se le desmoronen los falsos iconos con los que se ha codeado por un tiempo.

Querido Francisco Nicolás, permíteme un consejo, no te confundas. Da marcha atrás y abandona ese sendero que habías emprendido, que no merece la pena y que es un becerro no de oro sino de latón. No les compres mercancía averiada.

Veremos a ver qué pasa. Tendría bemoles que viésemos con una condena los delirios megalómanos de este muchacho, que lo único que necesita es una simple terapia a cargo de un buen profesional que le desprograme sus falsos ídolos y pasar de puntillas y de rositas a toda la patulea de tarjeteros, eres, gürteles, tesoreros, etcétera que campan por sus respetos para escarnio de todos, dando ejemplos deleznables a nuestros jóvenes.

La justicia deberá seguir investigando si hay algo más que un muchacho deslumbrado por el poder. Si hay alguien que mece la cuna y mueve los hilos.

Nunca mejor traída la amenaza evangélica: ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños que creen; más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Tomemos nota, Francisco Nicolás no es el reo, es la víctima. Víctima de esta deleznable casta.

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