J. E. Villarino*.- Parecía que en los últimos cuarenta años, los españoles habíamos saldado la trágica cuenta de la guerra civil, pero alguien, alguno, se encargó de recordárnosla. Y vaya que si nos la recordó en términos de vencedores y vencidos, y la crisis, los duros recortes, la corrupción generalizada y los incumplimientos del partido gobernante han hecho el resto.

Del azul de los votos al rojo de los escaños

El pasado viernes España se acostó mayoritariamente azul y se levantó mayoritariamente roja. El mapa de los votos depositados en las urnas el 24-M muy poco tiene que ver con el nuevo mapa del poder municipal y autonómico del 14-J.

Como es conocido, la derecha o el centro derecha, o como ustedes quieran decir, cuando no gana con mayoría absoluta, no se come una rosca de poder. No tiene a nadie a quién mirar para hacer pactos, salvo un minúsculo grupo de pequeños partidos nostálgicos de otros tiempos pasados, cuyo peso electoral es ínfimo.

Por el contrario, el centro izquierda, la izquierda, la extrema izquierda y los nacionalismos pueden coaligarse como mejor les venga en gana y comerle la merienda del poder a la derecha cuando se tercie.

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Esto es lo que ha ocurrido durante estas últimas semanas de pactos y repartos, la mayoría de investidura, muy escasos los de gobierno, porque todos quieren nadar y guardar la ropa hasta las elecciones generales. Todos travestidos políticamente, todos vestidos de lagarterana.

El PSOE ha sabido rentabilizar los muchos y graves errores del PP

El artífice de este giro a la izquierda ha sido precisamente uno de los bipartidos anteriores que, paradójicamente, en vez de intentar conservar el statu quo de la alternancia en el poder, ha preferido echarse en manos de los que llamaba populistas, así como de nacionalistas e independentistas y ahora, según su opinión, han devenido en partidos de progreso.

Para ello, el joven e inexperto y futuro candidato socialista a la presidencia del gobierno, ha desoído los consejos de sus mayores y no ha dudado en desdecirse cuantas veces ha sido necesario en un ejercicio de cinismo muy frecuente entre nuestros políticos, con tal de dar empleo a su parroquia y así conservarse como jefe de filas.

Pero, la realidad es que siendo el PSOE la segunda, tercera o cuarta fuerza en votos y habiendo perdido 650.000 ha sabido sacar tajada y alcanzar el poder en un buen número de ayuntamientos y ya veremos en comunidades autónomas. Detrás de este éxito, cargado de un cinismo político evidente está el riesgo de que esta visión tan cortoplacista tenga resultados nefastos para el partido a más largo plazo.

No sabe bien el partido socialista en manos de quienes ha caído, pero Sánchez se ha cargado el Partido Socialista Obrero Español que ya estaba tocado del ala y que lo único cierto que conserva de su identidad es el sustantivo, porque ninguno de sus adjetivos son ya ciertos.

Rajoy ha obviado la gestión política y se ha cargado su electorado

Rajoy no ha hecho otra cosa que las cosas que Alemania y el Banco Central Europeo le han ido demandando, es decir recortes, política económica contractiva y la salvación de un sistema financiero, el de las Cajas, absolutamente corrompido por políticos sinvergüenzas.

La bonanza que muestran las ecuaciones macro, que no se traduce en mejoras directas para los ciudadanos de a pie, no obedece a aquello de lo que más presume: de habernos salvado de un rescate que nos habría de hundir en la miseria. Obedece al viento de cola que tiene esta singladura final de su partido que, a pesar de ello, le va a conducir a la gloria más estrepitosa, al inevitable y definitivo batacazo.

El viento de cola es pura coyuntura. Tipos bajos por la apertura de la espita de euros del Banco Central hasta que los que nos mandan quieran y la debilidad del euro frente al dólar que alienta las exportaciones. Ni con ésas el paro logra bajar décimas, porque para que el empleo crezca hay otras muchas cosas que hacer y que nadie quiere arreglar.

Del resto, Rajoy no ha querido saber nada. No ha querido, ni todavía quiere hacer política, ni nada que se le parezca. Más de la mitad de su parroquia está cabreada. Unos le votan con la nariz tapada y otros muchos se quedan en casa cuando de votar se trata. Otros muchos se han pasado al adversario y es difícil, muy difícil que, como el hijo pródigo, algún día retornen a la casa paterna.

Los electores les han pasado factura por desoír elección tras elección lo que los ciudadanos consideramos cosas básicas en una democracia.

Ni el melífuo PP de Rajoy, ni el desnortado Psoe, mientras han estado asentados en el partidismo del ahora tú, ahora yo, han querido saber nada ni oír nada de lo que les decían los españoles y eran sus principales preocupaciones.

Han seguido robando a manos llenas sabiendo que unos y otros tenían y tienen las espaldas bien guardadas por un poder judicial al que tienen comprado con migajas; no han querido hablar de separación de poderes, ni han movido un músculo para ello; no han hecho nada para resolver algo que cabrea mucho a muchos como es algo tan sencillo de que cada voto de los españoles valga lo mismo y unas minorías dejen de tener privilegios para chantajearnos al resto.

Los ciudadanos tampoco entendemos que nadie devuelva un euro de los miles de millones robados; ni que se haya rescatado a sinvergüenzas con nuestro dinero; ni que el Estado, autonomías y ayuntamientos crezcan en obesidad, en vez de en eficiencia.

No entendemos la pasividad y la dejación de funciones que han practicado y practican unos y otros respecto del cumplimiento de las leyes que nos deberían hacer iguales a todos, en los cortijos de unas burguesías nacionalistas y una clase independentista.

En estos sitios se pasan por el forro de los cortinones las sentencias del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, no se puede rotular en español, la bandera nacional brilla por su ausencia en las instituciones, se penaliza y prohíbe que quien quiera estudiar en español pueda hacerlo y otras tropelías más que no son otra cosa que delitos consentidos tiempo ha.

Veremos qué nos deparan los pactos. Veremos si algunos dejan el frentismo en que se han instalado al que otros parecen querer apuntarse. Está bien que la ciudadanía, las personas normales y corrientes, lleguen a las instituciones, pero no es deseable que lo hagan los radicales, corruptos, incompetentes y resentidos del signo político que sean. Veremos.

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