La escena del sofá

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J. E. Villarino*.- En el teatro del siglo XIX y hasta bien mediado el XX, lo que se llamaba la escena del sofá era un recurso muy utilizado por los dramaturgos, bien para obtener un refuerzo de índole cómica, bien dramática. La escena del sofá por antonomasia es la que protagonizan todos los primeros de noviembre D. Juan y Dª Inés en el Don Juan Tenorio y no había obra de Jardiel, Mihura o Paso que no incluyese una escena del sofá.

Pero con el tiempo, la expresión “escena del sofá” ha pasado a ser una expresión política que significa la escenificación de un acuerdo con ribetes de premeditado exhibicionismo, o sencillamente para designar un acuerdo, a secas.

Lo que no se había visto hasta ahora es la representación de una escena de sofá tal cual. De verdad, de carne y hueso. En la pura calle. Eso es lo que ha hecho hace unos días la candidata al consistorio madrileño Esperanza Aguirre, que sacó el teatro a la calle por eso de ganarse un voto que llevarse a la boca.

Al más puro casticismo, cogió un sofá hinchable y con un sombrilla-paraguas y un mínimo atrezo pepero plantó el tenderete en la glorieta de Iglesia en el barrio de Chamberí para departir cómodamente con sus paisanos a los que invita a sentarse y debatir cosas de su programa. Y así, desfilando unos detrás de otros.

Todo, muy normal, como si nada. Una nueva modalidad más directa, más íntima de hacer campaña electoral. Nada de tarimas, atriles, micrófonos. Nada de eso. Mejor el tú a tú, el boca a boca.

Y como decía el viejete del anuncio cuando le contaban alguna modernidad que trascendiese el rebaño de cabras, la tía Rogelia y el Madrid que veía en el teleclub…. “¿Y Franco qué opina de esto?”

Pues tres cuartos de lo mismo nos podemos preguntar nosotros… ¿Y Rajoy qué opinará de esto? Seguro que no le hace mucha gracia. Más bien ni poca ni mucha ni nada de gracia. Seguro que piensa: “ya está esta loca liberal montando el pollo y dejándome en mal lugar”. “Esta chica”, volverá a pensar Rajoy, “con tal de llamar la atención, creyendo que así me sucederá como aspirante, ya no sabe qué hacer”.

Pues no. Sabe Esperanza que ni ella ni Rajoy ni nadie del PP tienen nada que hacer y, por ello, se ha pedido erre que erre que el gallego la denominase candidata al Ayuntamiento. Y ahora con lo de Rato reciente, mucho menos.

Seguro que los británicos -que la admiran- y los americanos no tardarán en copiar este invento que debería incluirse como “marca España” ya que supone algo tan evidente y sencillo como sacar la oficina electoral a la calle para que cada viandante le diga sus cuitas. Unos, que le eche una mano al hijo en paro, otros, como el desahuciado, que le de un piso del IVIMA, y así una larga cola de peticiones de desempleados, desheredados, jubilados, etc.

Por cierto, estos últimos ya tienen un nuevo entretenimiento, una vez cumplido con el ritual de la bolsa, con la que su señora le envía a comprar el pan y la mortadela cada mañana, aparte de seguir minuto a minuto la marcha de las obras de su barrio y la inspección de las papeleras en busca de la prensa gratuita para consumir a lo largo de la mañana, Esperanza les ha encontrado una nueva ocupación: pasar por el sofá y hacer corrillo para ver quienes se acercan a confesarse con la madre abadesa.

De aquí a fin de campaña la lideresa espera plantar su sofá hinchable en todos los distritos madrileños para que sus vecinos le cuenten lo que haya que mejorar en su distrito. Aunque sea con sofá, mucha tela que cortar.

Nos preguntamos una cosa: ¿abonará la señora Aguirre, o en su defecto el PP madrileño, la correspondiente tasa de ocupación de vía pública? Esperemos que la señora Botella le pase la misma factura que pagan todos aquellos que colocan su puesto en los mercadillos, las terrazas de los bares y otros adminículos, aunque éste sea hinchable e itinerante.

Por cierto, a unos les gustan las muñecas hinchables como aquella que inmortalizó Luis García Berlanga en su película ‘Tamaño natural’, aunque las actuales estén muy mejoradas. A otras, parece ser, les gustan los sofás hinchables.

* José Enrique Villarino es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF).

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