Iker

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J. E. Villarino*.- De entrada, debo confesar que no soy lo que se entiende por un aficionado al fútbol. Ni tengo preferencia por ningún equipo español o extranjero en particular, salvo quizá algo por el Club Deportivo Lugo, al que dicho sea de paso no sigo tampoco mucho y por el Atlético de Madrid, por lo que tiene de equipo popular, más popular que el Madrid que de siempre ha tenido una imagen más señoritinga.

Cuantos más famosos pueblan sus plantillas y más títulos gana un equipo, menos suele interesarme, lo mismo que el escaso interés que me suscitan sus jugadores. Cuanto más estrellas, menos me seducen y hasta peores deseos me incitan. Aclaro: deseos de que no ganen ante rivales más humildes. No otra cosa, ya que a todo el mundo deseo lo mejor en las cosas importantes de la vida.

Quizá lo que más me motive a la hora de ver un partido sea lo mismo que les ocurre a otros miles, millones de personas: el afán de que gane la selección de mi país, cuando juega. O sea, que suelo ver los partidos de la selección, aunque no siempre.

Dicho todo esto, admiro a Iker Casillas, el portero del Real Madrid, que tantas tardes y noches de gloria ha dado al Real Madrid y a la selección. Porque Iker Casillas es un producto de Madrid, el Madrid y el madridismo. Durante muchos años decir Iker y decir lo anterior eran una misma cosa.

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Guarda todavía mi retina las palomitas y paradas increíbles que le han valido grandes triunfos a su equipo y a la selección española. Increíbles, imposibles de parar y de una eficacia y eficiencia para nuestra selección hasta auparla hasta donde nunca la inmensa mayoría de españoles soñamos un día.

De no ser por Casillas, lo afirmo así de rotundo y convencido de ser veraz, la selección española no hubiese ganado las medallas que ha ganado y no hubiésemos disfrutado de las tardes de gloria que hemos disfrutado.

A su personalidad como excelente portero se une su excelente talla humana, según dicen todos quienes le conocen y la imagen que de él nos han dado la mayoría de los medios sociales.

Hasta hace muy poco se ha empezado a hablar y no bien de Iker Casillas y periodistas y demás fauna de intereses que pulula alrededor del fútbol, se han dividido en dos bandos, bastante irreconciliables a su favor y en su contra, incluida la propia afición, cuya mitad hoy lo denosta y ayer lo encumbró.

Creo que ha pasado lo que suele pasar en otras facetas de la vida: que las cosas buenas o malas, pero sobre todo las buenas, no suelen durar cien años. Lo de Iker se tenía que acabar algún día, entre otras cosas, porque los humanos nos distinguimos por tener una memoria frágil y hasta cierto punto algo vengativa.

Reconocemos hasta cierto límite y por cierto tiempo honores y glorias en los demás, pero no mucho, ni por mucho tiempo. Los fans, seguidores, masas que gritan y vociferan en los campos de fútbol necesitan renovar el armario de sus glorias de vez en cuando y mandan al fondo del armario a los modelos más usados. Prendas usadas, juguetes rotos. Glorias pasadas.

A Iker le ha pasado otro tanto que le pasó a Vicente del Bosque, el hoy entrenador de la selección española cuando lo era del Real Madrid, equipo del que fue un buen jugador durante muchos años.

En la caída de ambos han tenido que ver un par de personajes bastante discutibles: el nefasto bipresidente del Real Madrid que, como no puede ser de otra manera, pertenece a la fauna de señores del ladrillo, el cemento o el asfalto que suelen tomar al asalto las presidencias de los clubes de fútbol para rodearse del brillo social, del hortera brillo social, que proporcionan los palcos atiborrados de canapés y de casta los domingos por la tarde.

La fauna presidencial al uso practica el ejercicio de darle al talonario, fichando caras baratijas, eso sí, siempre con las cuotas de los socios y demás regalías comerciales que venden a las masas sociales, que dicen.

No sólo eso. Tienen también a su disposición una caja muy golosa hecha domingo a domingo, que algunos no han dudado en poner a su buen recaudo, como han puesto de manifiesto algunas sentencias con prisión incluida.

El otro, un tal Mourinho, entrenador que se dedicó a enfrentar a unos con otros y casi todos contra sí, del que se dice, como en la película, que con él llegó el escándalo.

He sentido pena esta mañana de domingo al ver la comparecencia-despedida de Iker Casillas tan insólita, fría, solitaria y cruel como imaginar se pueda. Detestado y envidiado por su presidente, con una plantilla no todo lo solidaria que debería y una afición dividida por el mal meter de los personajillos a los que nos hemos referido, se ha ido sólo, cuando tenía méritos y merecimientos sobrados para eclipsar a toda esta patulea que le ha rodeado.

Ni quito, ni pongo rey. Ni me va ni me viene. Pero he de reconocer que con este muchacho el madridismo y no sólo el madridismo, lo hemos hecho mal todos, muy mal. Lejos del cristal deformante de las fobias y las filias partidarias de los forofos y alejado de este mundanal ruido, reconozco que a Iker Casillas todos le debemos algo más que irse por la puerta de atrás lloroso y descangayado, aunque este lunes, Florentino Pérez lo haya querido medio arreglar.

* José Enrique Villarino, economista y consultor, columnista de Zonaretiro

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