Aquellas Cercanías

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Lugar y cita tempranera para compartir un día vacacional veraniego

 

 

 

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Gran animación de gente en la entrada de los vestíbulos y taquillas para obtener los billetes de las Cercanías que ya existían a finales de los 40 y 50 del siglo pasado.

El tramo de calle frente a la entrada era un buen punto de cita para quedar con los amigos y familiares con los que compartir viaje y día de asueto.

La estación de Norte o de Príncipe Pío concentraba los servicios de Cercanías del noroeste de la provincia y la sierra madrileña.

En la fotografía vemos el acceso que daba al Paseo de la Florida, frente al acceso norte, más usado por los viajeros de los trenes de larga distancia.

Las vías donde estacionaban los trenes de Cercanías solían ser las vías auxiliares, situadas al lado izquierdo de la marquesina principal que cobijaba las vías principales, destinadas a los trenes de larga distancia.

 

 

Bellas y alegres al iniciar el viaje. Ellas señoritas (con permiso de las feministas radicales) con sus atavíos veraniegos, se dirigen hacia los andenes donde tomarán el tren que las ha de llevar a una localidad serrana para disfrutar de un día de campo y degustar apetecibles platos, cocinados la víspera con gran cariño, esmero y acierto.
El tren era el modo más importante para viajar

El tren ya dispuesto en la vía, al tiempo que los viajeros se distribuyen para acomodarse en los coches de madera de las antiguas composiciones remolcadas por locomotoras de vapor.
Como se puede observar, por aquellos años el tren era el modo prevalente de transporte de viajeros en los servicios de Cercanías -incipientes entonces- como en los regionales o de media distancia y de larga distancia.

Viajeros, ¡al tren!

Se acerca ya la hora de la partida y hay que subirse al tren, con todo tipo de equipajes y viandas, que se catan a bordo, antes de haber rendido viaje y algunos sin llegar a la estación de destino.

Familias numerosas, con no menos de cuatro hijos, con sus carnets ferroviarios que enseñaban, con una cierta timidez, al interventor de turno o a la pareja “la secreta”, presente en cada tren en circulación.

Iniciando la marcha. Los trenes de antaño tenían todos ellos ventanillas que podían abrirse, según el tipo de tren y coche, de arriba-abajo o viceversa.

No había despedida en la que los viajeros no dijeran adiós a sus seres queridos, que acudían a hacerles la partida menos dolorosa, desde la ventanilla abierta o cerrada según la estación meteorológica.

Por quintas, huertas y tierras de arar

El tren ya camino de su destino, que es la razón de ser de todos los trenes, marchando elegantemente, al paso por el Puente de los Franceses, primer hito que marcaba el perímetro ciudadano, incluidos los terrenos universitarios,

Terrenos universitarios, escenarios de cruentas batallas civiles y linderos de las villas veraniegas con las casas solariegas de las burguesías madrileñas y alguna que otra vascas, de las que hoy solamente quedan algunas reliquias entre un mar de vulgares adosados.

Sin quererlo, el tren se internaba por las antiguas tierras de no pocas reminiscencias forestales y agrícolas, de las que comía la capital: las aravacas, pozuelos, majadas hondas, los pinares, las matas y las navatas, etc.

* José Enrique Villarino es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF). Autor del blog ‘Paseo de coches’ en Zonaretiro.com

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