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G. Bravo.- Empezó orgullosa, sonriente y entre algodones, y se ha marchado cabizbaja, obligada y sola. Se despide por fin la que ha sido, sin lugar a dudas, el peor alcalde que ha tenido Madrid en la historia reciente, sin claroscuros.

Ana empezó desde abajo. Primera dama, número 2 del Ayuntamiento y boom: alcaldesa por sorpresa. Debió de pensar que la función pública se reducía a la suelta de ardillas entre peluquerías y paseos en coche oficial. Madrid era una fiesta.

Memorables fueron sus lágrimas el día de la investidura, mientras Aznar, aquél que “la ha enseñado todo” (a saber), la observaba desde el palco de su palacio. Y con él, Florentino Pérez, Aguirre, los De Guindos y otros tantos ministros como Pastor, Margallo, Mato, Soria o el portavoz Alfonso Alonso. Lo mejorcito de la casta madrileña. Qué buena mañana pasamos aquel martes 27 de diciembre de 2011.

En cambio, este martes 9 de septiembre, tres años después, su marido el expresidente no estaba. Ni él ni nadie. Alonso le metió anteayer la puntilla, como portavoz de los que estaban hartos de ver cómo se le caían los concejales, tanto o más, que las ramas de los árboles. Esos que se empeñaba en cortar en el Paseo del Prado como concejala de Medioambiente y que ahora no sabe cómo cortar como alcaldesa.

De aquellos maravillosos años no queda nada. Ayer Ana leía su folio, su inseparable folio, de pie, temblorosa, en un cuartucho del palacio. Aquí te pillo, aquí te mato. Quién iba a querer salir en la foto con el juguete roto.

Pocos minutos le llevó a la paternalista de Aguirre mofarse por Twitter asegurando que “Ana Botella siempre ha hecho lo mejor para el PP”. Y es cierto, ya que en los largos 23 años que llevan los populares en el gobierno del Ayuntamiento de Madrid ésa ha resultado siempre la máxima: hacer lo mejor para el partido. Los madrileños son lo de menos.

La alcaldesa que se reía de sí misma

No es necesario dedicar ni una línea a recordar la tragedia del Madrid Arena, su invento de los ‘contratos integrales’ o el hecho de que a la alcaldesa se le pusieran en huelga todos y cada uno de los sectores públicos que gobierna (basureros, EMT, taxis, funcionarios…).

Tampoco lo merecen las triquiñuelas del IBI y la tasa de basuras (que ya no se recoge a diario) o el aumento de la contaminación hasta niveles preocupantes sin que la alcaldesa presentara ninguna medida palpable. Y eso que ella vive bien cerca de las zonas más peligrosas. Aunque tampoco conoce muchas otras.

¿Recuerdan el despropósito de los JJOO y lo que fue redescubrir la vergüenza ajena? Más cerca nos queda la chapuza de BiciMad o la de los parquímetros de la NASA. Aunque quizá, lo que muchos nunca sabrán de la alcaldesa que supo reírse de sí misma, es que en todas y cada una de sus fotografías institucionales hay un asesor pulsándole el botón, ajustándole el sillín o diciéndole dónde está.

botella copia

Así es ella y así se va. Al parecer, ni siquiera requieren mención las dos muertes recientes ocasionadas por los recortes en… Medioambiente (qué ironía).

Porque la alcaldesa no tuvo culpa en nada de todo eso.

De hecho, lo mejor de la alcaldesa se descubriría con el tiempo: su capacidad para desaparecer en los momentos difíciles, cuando había que hacer honor al cargo. Su falta total interés por todo lo que ha sucedido mientras vivía entre Cibeles y el Distrito Salamanca. Sin responsabilidades; con poda de concejales, mientras ella echaba raíces.

Madrid sigue igual o peor tres años después: más paro (del 13,85% del 2011 al 16,4% de 2014), similar deuda (5.900 millones) y mismo rumbo: ninguno.

Y su marcha, a deshora y sin sentido, ha sido el más bochornoso broche final en esta cadena de despropósitos que algunos llamarían legislatura. Sin preguntas, quizá porque ninguno de sus 40 asesores le habían escrito las respuestas. Y sin mención ni lágrimas para el madrileño fallecido unas horas antes.

Se ha ganado con creces sus 100.000 euros anuales, un sueldo que se bajó, por decoro, al máximo que la Ley le permitía. Gracias Ana.

La alcaldesa asegura que “se va” “satisfecha” por el “trabajo bien hecho”.  Mientras todos -salvo ella- sabemos que, en realidad, no se va, “la han echado”,  por “mediocre” en un intento de no perder la gallina, a la desesperada.

La alcaldesa ha conseguido lo imposible: unirnos a todos los madrileños bajo un mismo sueño, uno que de verdad parecía olímpico: que se marchara.

Y se va, aunque sin prisa. Sin anticipar elecciones. Presumiblemente, para que si muere alguien más por culpa de un árbol, éste no les impida a los madrileños ver el bosque. El bosque de su cortijo.

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