Una de banqueros

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J. E. Villarino*.- Hace pocos días nos desayunábamos con la renuncia de Alfredo Sáenz como número dos del Banco Santander, antes de que el Banco de España le invalidara para seguir en su puesto actual, ya que el indulto parcial del expresidente Rodríguez Zapatero (se supone que para que no le hiciesen devolver al PSOE los créditos electorales, ya que si no, no tiene explicación) no invalidaba la sentencia, firme, del Tribunal Supremo, por acusación falsa a terceros.

No es frecuente ver a un banquero condenado en sentencia firme, aunque en este caso el meollo de la condena no se refería a un delito bancario en sí mismo, pero aunque no sea frecuente, tampoco es como para dedicarle un artículo entero, al igual que a diario los tribunales de justicia encausan y juzgan a cientos o miles de ciudadanos.

No estaríamos hablando hoy de este tema, si no fuese porque a la noticia de su dimisión le acompañaba otra, que se refería a la indemnización que conlleva su jubilación que es de 88 millones de euros, más otros 11 millones más en concepto de seguro de vida. Tampoco se me ocurriría referirme al señor Sáenz como banquero delincuente, si no fuese por lo que acabo de decirles.

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A los que ya tenemos cierta edad, todavía nos cuesta operar mentalmente en euros y nuestras neuronas trabajan en base pesetas. Rápidamente me fui a la calculadora y eché la cuenta en pesetas. Resultado: indemnización por jubilación: 14.641.968.000 pts; seguro de vida: 1.830.246.000 pts. Casi 16.000 millones de pts.

Es desolador para mí y, seguro que para muchos ciudadanos más, ver como a un delincuente, por muy buen profesional que haya sido, o por muchos favores haya hecho al Santander, o muchos dineros haya hecho ganar a los accionistas de ese banco, o por muchos marrones que se haya tenido que comer y de los que haya librado a su jefe señor Botín, o lo bien que lo hizo en el banco que le birlaron a Conde allá por 1993, pueda recibir, repito, un delincuente, tal cantidad de dinero.

Últimamente nos hemos hartado de ver sirvengonzadas de este jaez, pero ninguna igual. Ésta deja a años luz a las ya vistas. Nada tan ofensivo para los ciudadanos normales, para las gentes de bien, para las conciencias normales. No hay trabajo en este mundo que pueda ser remunerado de tal manera, que no sea un insulto para el resto de los mortales. Habrá quien diga, lo sé, que el capitalismo, que los bancos, que, que … ni con esas, ni tampoco me vale el argumento de que cada cual hace con su dinero lo que quiere. No voy a recurrir a la concepción social de la propiedad para rebatir ese argumento. Es una indecencia, una inmoralidad, un mal ejemplo para los jovenes, una injusticia, un sin sentido, una arbitrariedad, una paletez de patán pueblerino -que me perdonen los pueblerinos, entre los que incluyo-.

¿Cuanto habría que pagar entonces a un investigador que echa horas y horas sobre un microscopio para intentar desvelar los secretos de las enfermedades, del cáncer; a los médicos que cada día salvan vidas aquí y en Zambia o el Congo; a los que se vuelcan a intentar resolver los problemas de sus semejantes; de paliar su hambre?

Les llamamos casta, y ni eso se merecen, son atrevidos, chulescos, ignorantes, miserables y llamarles lobos o aves de rapiña es un insulto a esos bellos y nobles animales. Son lo peor de lo peor. Son delincuentes de guante blanco, avaros, usureros y nada más.

Hay que tener cojones, cara dura, tragaderas, ignominia y desvergüenza para permitirse quitar del dinero ajeno esa cantidad abismal y apropiársela, que supone 220.000 veces más que los 400 miserables euros que se lleva un pensionista para mal morirse poco a poco y al que encima estos cabrones le han timado, falsificando firmas, engañándole, abusando de su ignorancia respecto del puto negocio que se traen entre mano estos trileros, birlándole el fruto del sudor físico y las privaciones que ha tenido que pasar, para conservar cuatro perras en las que cifraba el sostén de su ya corta existencia. ¿Qué habría sido, entonces, de no tratarse de un delincuente?

Tal cual, sin quitar ni poner una coma, se puede decir de otro cuatrero de los dineros, actualmente, pero ya verán que no por mucho tiempo, en prisión, el expresidente de Caja Madrid, aquella honrosa y benéfica Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, que creara el Padre Piquer para acudir en socorro de pobres y artesanos, de la usura desmedida de prestamistas. Poco ha cambiado la situación de entonces acá. Aquellos con calzones, estos con cuello blanco.

Otro día, un monográfico sobre este otro elemento.

* José Enrique Villarino es economista y consultor, especialista en Transporte, y miembro del Foro del Transporte y el Ferrocarril (FTF).

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