¿Es el hábito del botellón un derecho adquirido?

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A. Inurrieta.- La sociedad española, y la madrileña en particular, ha asimilado un paisaje urbano en el que una cierta minoría de la población ha tomado la vía pública para el consumo masivo de alcohol, a pesar de la vigente prohibición. Esta costumbre, reuniones de jóvenes y no tan jóvenes, constituye ya la base del ocio preferido por parte de estos segmentos, lo cual implica que el alcohol se ha convertido en la principal droga permitida y consentida por el conjunto de la sociedad.

La permisividad política y social  con el alcohol contrasta con la dureza contra otras drogas, como el tabaco o la marihuana, lo que está ya causando la alarma entre los profesionales de la sanidad pública. El consumo habitual, y elevado,  de alcohol en los hogares españoles,  genera un efecto demostración a los jóvenes muy pernicioso, lo que no permite trasladar a la población más joven el verdadero efecto que tiene sobre la salud física y psíquica, algo que se deja notar en la ausencia de una conciencia global sobre los daños de la ingesta de alcohol, salvo en el caso de los accidentes de coche.

Esta falsa idea de que la cultura española favorece el consumo se ha trasladado, debido al benigno clima y los precios de los locales, a las calles, plazas y parques, desoyendo las ordenanzas municipales y con el beneplácito implícito de buena parte de las fuerzas políticas y la colaboración de los medios de comunicación, quienes se nutren de publicidad de marcas de bebidas alcohólicas.

Esta problemática genera dos externalidades negativas al resto de ciudadanos, que está adquiriendo tintes ya muy problemáticas. La primera tiene que ver con el destrozo de espacios públicos, jardines o mobiliario urbano, suciedad extrema, ruido y gasto municipal notable. Ante esta externalidad, la sociedad y algunos partidos políticos están reaccionando de forma altamente preocupante, culpando a los servicios municipales de un déficit de limpieza, que es verdad tras los últimos recortes de personal, pero sin entrar a valorar el desprecio de esta parte de la sociedad. El mecanismo mental de estos grupos, que en algunos casos son hordas, es que la ciudad debe asumir su ocio permanente del consumo en la calle, y que luego debe limpiar los restos, orines o excrementos, bajo la premisa que es una obligación pública restablecer la ciudad tras el destrozo habitual no solo ya de los fines de semana.

La segunda externalidad tiene que ver con la justificación a esta práctica, que ya se extiende hasta edades adultas, es que no hay alternativa de ocio al consumo de alcohol. Esta premisa esconde una cierta enfermedad social que persigue que el ocio debe ser proporcionado de forma exógena por las autoridades públicas, lo que está coartando la posibilidad de que muchos jóvenes puedan satisfacer la introspección, el ser distinto a la gran masa y que lectura o el deporte hayan pasado a mejor vida entre una gran masa de población.

El debate está en el tejado de la sociedad. Ya está bien de que la ciudad sea un estercolero, bajo la doctrina de que no podemos negar nada a un segmento de la población cada vez menos maduro y más intolerante.

*Alejandro Inurrieta es ex concejal del Ayuntamiento de Madrid y miembro de la Asociación Puerta de Alcalá.

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2 Comentarios

  1. La mayoría de la población se encuentra adocenada en un ocio hedonista.

    Unos pueblan terrazas de bares y pasan las tardes en la “dolce vita.” Otros al fútbol (otra válvula de escape potenciada desde los gobiernos). Otros, con cualquier pretexto consumen alcohol de forma sistemática a lo largo del día y de los días… conformando el mayor ejemplo, la tendencia más fácil, el “no hay otra salida”, que reciben los jóvenes y no tan jóvenes que hacen ya botellón casi todos los días de la semana.

    Y mientras la ciudad, con sus espacios diseñados para el consumo y el individualismo de la gente, la presión televisiva y en general todo el poder mediático, aterrorizado de que la gente pueda despertar algún día.

    Y efectivamente, el botellón no es legal, pero mientras los jóvenes pierden el sentido no son peligrosos. Tan sólo un poco gamberros.

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